jueves, febrero 01, 2007

LOS BENEFICIOS DEL BDSM - (III) - La historia de Juan y María - ÉXTASIS

Un día de verano, como otras veces, María había ido a
buscarlo a la fábrica. Lo encontró en la sección de telares. Él
la miró, estaba preciosa, llevaba un vestido de tela ligera que
la cubría por completo pero que dejaba adivinar claramente las
formas de su cuerpo, sus zapatos de tacón alto la hacían más
incitadora y sensual.

Los empleados que ayudaban a su marido empezaron a mirarse
sonriendo con complicidad. La hija de dueño había experimentado
un cambio increíble en los últimos meses. De ser un fantasma
doliente se había convertido en una real hembra llena de
sensualidad.

María no dijo nada, se quedo mirando a su marido como hacía
últimamente, con esa mezcla maravillosa de devoción y sumisión.
Se sabía bella, atractiva, pero al mismo tiempo su mirada
prometía a quien iba dirigida, una sumisión y entrega
infinitas. Esta actitud provocaba en su marido un intenso
sentimiento de protección y amor. Y ella lo sabía.

Juan terminó con prisas lo que estaba haciendo y despidió a
los empleados hasta el día siguiente mientras se quitaba a toda
prisa el mono de trabajo. Intuía que su mujer había preparado
alguno de sus “juegos“ y estaba impaciente por saber qué se le
había ocurrido esta vez.

Ella conducía, él tenía curiosidad por saber donde irían hoy.
Condujo el coche por caminos vecinales hasta la zona de los
arrozales. Era agosto, por la ventanilla entraba el olor húmedo
del agua estancada de los campos de arroz en donde ya
despuntaban las primeras plantas formando una inmensa llanura
verde a lo largo de kilómetros. El calor, la humedad, el
atardecer y el olor especial del agua creaban un ambiente de
sensualidad.

Tras un corto viaje llegaron a una casa de campo situada en
el límite entre los campos naranjos y los de arroz que se
extendían hacia la gran albufera. Pertenecía a su familia desde
los tiempos de su abuelo, cuando aún no había huerta y todo era
una mar de arroz. Apenas la visitaban y era un lugar solitario.


La tarde era deliciosa. María conectó el aparato de música
del coche. Bajaron los dos, se quitó los zapatos y se acercó
hasta la orilla del arrozal. Se abandonó a la sensualidad de la
música, moviéndose ensimismada, con los ojos cerrados.
Intencionadamente se puso de espaldas al sol poniente. Él
observó la silueta de su cuerpo que se transparentaba a través
de su vestido. Le excitaba, la deseaba. Al ritmo de la música
ella se quitó lentamente el vestido hasta quedar desnuda.

Moviéndose con sensualidad entró en el campo de arroz. Sus
pies fueron hundiéndose en el barro, saboreando con sus pies la
textura y la humedad de su contacto. Luego pidió a su marido
que se desnudara y que entrara también en el arrozal.

Extrañado, pero al mismo tiempo seducido y excitado, no se
hizo rogar. Dejó la ropa en la orilla y cuando llegó a su
altura la abrazó. María se dejó hacer, pero cuando intentó
besarla él notó su rechazo, notó como ella jadeaba presa de la
contradicción interior que la atenazaba. Una vez más jugaba al
viejo juego de desearlo y seducirlo, para luego rechazarlo.

A pesar de que las cosas habían mejorado mucho, aún a veces,
se oía el rugir del conflicto interior que la impedía gozar
libremente. Como otras veces él noto que su mujer convertía
en rechazo el afecto que le daba.

Pero Juan ya sabía lo que tenía que hacer, sabia cuál era el
juego. Un sonoro bofetón la hizo perder el equilibrio cayendo
de bruces sobre el barro. Dos pasos hacia la orilla le
permitieron recoger su cinturón. Cuando volvió encontró a su
esposa que yacía sobre el fango.

Juan empezó a azotarla con su correa al mismo tiempo que
desgranaba una serie de insultos hacia ella. Sabía que era lo
que ella esperaba.

Ella recibía los golpes con evidente placer mientras su
cuerpo rodaba disfrutando del contacto del barro. Él la
insultaba después de cada azote mientras ella se retorcía como
si quisiera sentir en cada centímetro de su piel el contacto
viscoso del fango .

María experimentaba uno de esos escasos momentos en que se
sentía libre, auténticamente libre. Su culpabilidad se sentía
expiada, redimida por la humillación y la degradación a la que
la sometía su marido, la suciedad del barro y el placentero
dolor que lo azotes le proporcionaban. Por unos momentos, las
barreras de culpabilidad que la impedían gozar plenamente
desaparecieron y le permitieron experimentar una gran
excitación. Se sentía totalmente entregada a su esposo, al
dolor o el placer que él quisiera darle. Ahora todo encajaba,
todo coincidía, el círculo se había cerrado.

Él sintió la necesidad imperativa de penetrarla. Con cada
embestida parecía que quisiera atravesar sus entrañas mientras
ella arrastraba su cabeza por el barro.

El orgasmo les alcanzó casi simultáneamente estallando en sus
gargantas con un enorme grito, un grito de animal herido. Era
el grito de gran monstruo, del gran conflicto interior que
salía por fin a respirar, a tomar aire. Un grito desgarrador
que se extendió por el arrozal provocando que las aves que
contemplaban la escena desde los árboles más cercanos,
emprendieran el vuelo asustadas.

Los dos cayeron exhaustos sobre el barro, inmóviles mirando el
cielo.

Pasado un tiempo él la recogió con sus fuertes brazos y la
llevó a la balsa de riego, en donde, tras descender por las
escalones de piedra, se sumergieron en el agua.

Con el agua fría ella pareció renacer mientras Juan la
limpiaba con ternura Era un acto lleno de simbolismo. María se
sentía nueva, renacida. Ella le correspondió dándole un beso
tierno y suave. Una vez fuera de la balsa él la vio feliz, pero
totalmente desvalida, como una recién nacida incapaz de valerse
por sí misma. Juan la secó y la deposito con delicadeza sobre
la hierba.

Ahora él conducía. María apoyada en su pecho lo miraba
dulcemente, sumisa y satisfecha. Los dos quedaron en
silencio, meditando una vez más sobre la complejidad de su
interior. El monstruo interior seguía allí, pero cada vez se
hacía menos exigente. Ahora dormía tranquilo en lo más profundo
del inconsciente de ella. Algún día volvería a despertar, pero
para entonces otros juegos de placer estarían esperándolo para
conjurarlo una vez más.

Sabían que si sus padres, maestros y algunos amigos supieran
lo que habían hecho, lo desaprobarían.. Pero a ellos no les
importaba en absoluto; esas “cosas” las habían hecho de mutuo
acuerdo, habían salvado su matrimonio, les habían salvado del
alcohol y les habían permitido por fin ser felices juntos.

El Faro
elfarosm@yahoo.es